OPINIÓN | ¿Sostenibilidad como carga o como palanca de negocio? La diferencia está en cómo se integra
Llevo años sentándome con empresas que quieren avanzar en sostenibilidad, y hay una pregunta que me hago casi siempre al empezar: ¿qué necesita realmente ESTA empresa? Porque ahí está, a mi juicio, el error más común: tratar la sostenibilidad como si fuera un traje de tallas estándar, cuando en realidad cada organización tiene sus propios procesos, sus propios materiales, su propia forma de crear valor.
Las normativas, los requisitos de información y la presión de clientes y mercados no dejan de crecer, eso es innegable. Pero la respuesta a esa presión no está en comprar una solución cerrada que promete resolverlo todo de golpe. Está en algo mucho menos vendible en un titular: conocimiento técnico real, personalización de cada propuesta y, sobre todo, cercanía. Un centro como el nuestro puede sentarse con una empresa, entender sus procesos por dentro y construir con ella algo que le sirva de verdad, algo que un servicio estandarizado, por bien empaquetado que venga, no puede ofrecer.
Lo hemos comprobado trabajando en distintos sectores, en proyectos de diversa índole y con perfiles diferentes. Pensemos, por ejemplo, en una empresa del sector de automoción que buscaba avanzar en su descarbonización, optimizando indicadores como emisiones, consumo de agua o consumo eléctrico. No era una cuestión de desconocimiento: la empresa ya conocía bien las mejores tecnologías disponibles en su sector. Lo que le faltaba era una mirada capaz de traer conocimiento de otras industrias y aplicarlo al suyo, algo que difícilmente aporta quien solo mira hacia dentro del propio sector. Y ese conocimiento externo solo se traduce en resultados reales cuando se aplica sobre el proceso concreto, de la mano de quien lo opera, y no como una recomendación teórica.
Algo parecido ocurre cuando el punto de partida es el análisis de procesos. Los datos técnicos y ambientales cuentan mucho, pero solo tienen sentido cuando se leen con conocimiento del proceso concreto: qué margen de mejora existe realmente ahí, qué actuación reduce más emisiones o gana más eficiencia sin desmontar lo que ya funciona bien. Eso no lo da un algoritmo aplicado desde fuera; lo da tener conocimiento técnico sobre los procesos analizados.
Y lo mismo me pasa con las empresas que quieren empezar su estrategia de sostenibilidad pero no saben por dónde. Ahí la personalización es, si cabe, más decisiva todavía: los KPIs que sirven no son los que aparecen en cualquier informe sectorial, sino los que se construyen a partir de un diagnóstico de su realidad concreta. Solo así el cuadro de mando que después usan para gestionar su evolución tiene sentido para ellos, y solo así las mejoras que identificamos acaban convirtiéndose en proyectos de innovación propios, no en recomendaciones genéricas que nadie llega a aplicar.
Entiendo la tentación de buscar atajos ante tanta exigencia regulatoria: informes de sostenibilidad, huella de carbono, análisis de ciclo de vida, taxonomía europea. Cuantas más siglas y plazos, más ganas de encontrar algo rápido que lo resuelva todo. Pero mi experiencia me dice justo lo contrario: los atajos genéricos rara vez generan ventaja competitiva real. Lo que la genera es un acompañamiento que conoce el proceso, que se adapta a cada caso y que se queda cerca el tiempo suficiente para que el cambio cuaje.
Si tengo que quedarme con una idea después de todos estos años, es esta: la sostenibilidad no se resuelve, se construye, y se construye mejor cuanto más cerca está quien te acompaña de tu realidad concreta. Por eso, la pregunta que le propongo a cualquier empresa que hoy esté valorando cómo dar este paso no es tanto "qué solución elijo", sino "quién es capaz de conocerme lo suficiente como para que esta solución sea realmente mía".
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Firmado por Carmen Bartolomé Rubio, directora de Economía Circular en CIRCE – Centro Tecnológico.